Nació como una burla que costaba un centavo y acabó convertida en el rostro de México: quién inventó La Catrina, qué significa «calavera garbancera» y cómo Diego Rivera le puso cuerpo.
La respuesta corta, para quien viene con prisa
La Catrina nació como sátira, no como homenaje: José Guadalupe Posada dibujó hacia 1910-1912 una calavera con sombrero de plumas para burlarse de las «garbanceras», las vendedoras de garbanzo que soñaban con parecer francesas renegando de sus raíces indígenas. La estampa se imprimió por primera vez en octubre de 1913, meses después de que su creador muriera en la pobreza y fuera enterrado en una fosa común. En 1930, la monografía de Frances Toor la bautizó «Calavera catrina», y en 1947 Diego Rivera le pintó el cuerpo en el mural «Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central», convirtiendo la burla en símbolo nacional. Hoy es la imagen central del Día de Muertos — patrimonio de la UNESCO desde 2003 — y una de las figuras más reconocibles del planeta: del dibujo de un centavo a las pantallas de Coco y a los desfiles del Zócalo.
Índice del Artículo
- 1. La Catrina: el origen real de la calavera más famosa de México
- 2. ¿Quién inventó La Catrina y cuándo?
- 3. ¿Qué significa «calavera garbancera»?
- 4. ¿Por qué los mexicanos se ríen de la muerte?
- 5. ¿Murió Posada sin saber que había creado un icono?
- 6. ¿Quién le puso el nombre «Catrina» y por qué?
- 7. ¿Qué hizo Diego Rivera con La Catrina?
- 8. ¿Por qué la gente se disfraza de Catrina?
- 9. ¿Cuál es el impacto de La Catrina hoy?
- 10. Línea de tiempo: de La Portentosa Vida de la Muerte a la Catrina récord
- 11. Preguntas frecuentes (FAQ)
- 12. Referencias y Fuentes Consultadas
La Catrina: el origen real de la calavera más famosa de México
Seguro que la has visto mil veces sin saber que la mirabas: la calavera elegante, el sombrero enorme con plumas, la sonrisa de dientes eternos. En las ofrendas de Día de Muertos, pintada en el rostro de media ciudad a finales de octubre, en tatuajes, en desfiles, en figuritas de azúcar y hasta en la portada de guías turísticas. La Catrina está en todas partes. Y sin embargo, casi nadie sabe de dónde salió.
Pues aquí va el primer giro de la historia: no nació como homenaje. Nació como burla. Un grabador casi desconocido la dibujó en una casita de Tepito para reírse de las señoras que vendían garbanzo y soñaban con parecer francesas. La estampa costaba un centavo. Y su autor murió en la pobreza, enterrado en una fosa común, sin haber firmado casi ninguna de sus obras.
De aquel dibujo barato a la imagen más reconocible de México hay un viaje que merece contarse bien: un dibujante francés que la rescata del olvido, un muralista gigante que le pone cuerpo y apellido, una exposición en Chicago que la presenta al mundo, un desfile nacido de una película de James Bond y una película de Pixar que la lleva a cientos de millones de pantallas. En este artículo te cuento el viaje entero, con fechas y con fuentes.
Un aviso honesto: donde la historia no sabe, lo diremos. Y hace falta, porque detrás de La Catrina hay tantas leyendas falsas que el propio Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha tenido que salir a desmentirlas una por una. Vamos a los datos.
¿Quién inventó La Catrina y cuándo?
El nombre que buscas es este: José Guadalupe Posada. Nació en Aguascalientes el 2 de febrero de 1852, hijo de Germán Posada Serna y Petra Aguilar Portillo, uno de ocho hermanos de una familia sencilla. Le enseñó a leer, escribir y dibujar su hermano mayor Cirilo, maestro de escuela rural. No había más academia que esa al principio; después llegó la Academia Municipal de Dibujo de la ciudad, y pronto, el oficio.
Con dieciséis años entra de aprendiz en el taller litográfico de José Trinidad Pedroza, en Aguascalientes. Ahí aprende lo que le dará de comer toda la vida: grabar. Y de paso descubre su segunda vocación, la sátira, porque sus primeras caricaturas políticas aparecen en el semanario El Jicote, pinchando a los poderosos de la región. En 1872 se traslada a León, Guanajuato, a la litografía comercial; llegará a dirigir su propio taller y a enseñar litografía en una escuela secundaria. En 1888, tras documentar en litografías la gran inundación de León, se instala de forma definitiva en Ciudad de México.
En la capital ocurre el encuentro que lo cambia todo: empieza a trabajar para Antonio Vanegas Arroyo, un editor popular cuya imprenta le hablaba a la gente corriente. Hojas volantes a un centavo: corridos, crímenes, milagros, oraciones y, cada fin de octubre, calaveras. Como gran parte del público no sabía leer, estas hojas se leían en voz alta en la calle, en la plaza, en el taller. Llegaban más lejos que cualquier periódico serio. Para ellas dibujaba, antes que Posada, el también grabador Manuel Manilla. Después, casi siempre, Posada: miles de estampas, esqueletos de todos los oficios y de todas las clases, bailando, montando a caballo, protestando, haciéndose la burlona.
¿Y La Catrina exactamente cuándo? Aquí conviene ser quirúrgico, porque en redes abundan las fechas inventadas. Según el INAH, Posada dibujó a la calavera garbancera en una pequeña vivienda de la avenida La Paz número 6, hoy calle Jesús Carranza, en Tepito, hacia 1910-1912. Y la estampa se imprimió por primera vez en octubre de 1913, ocho meses después de la muerte del grabador. Es decir: La Catrina es, técnicamente, una obra póstuma. Su creador nunca la vio triunfar.
Guarda también este detalle, que luego resultará decisivo: Posada nunca puso nombre a sus obras. Eran los editores quienes las bautizaban según el texto que acompañaba a cada reimpresión. La palabra «Catrina» aún no existía para nadie. Lo que hoy llama La Catrina todo el mundo salió a la calle con otro nombre, y apuntando a otra víctima: las garbanceras.
¿Qué significa «calavera garbancera»?
«Garbancera» no era un insulto estético: era un oficio. Se llamaba así a las mujeres que vendían garbanzo en los mercados de la capital — un producto importado de España, para más señas —. Y el término se acabó aplicando a algo más que a vendedoras: a aquella gente que, teniendo sangre indígena, presumía de ser europea y renegaba de su propia herencia y cultura. Así lo recoge, palabra por palabra, la Secretaría de Relaciones Exteriores del Gobierno de México en su perfil oficial del grabador.
Ponte en contexto, porque sin el porfiriato no se entiende la broma. El México de Porfirio Díaz miraba a París con devoción: la élite se vestía, hablaba y soñaba a lo francés, mientras la mayoría del país vivía sin tierras y sin escuela. El sombrero con plumas de avestruz de la calavera es, literalmente, la moda de esa clase. Y Posada le pone a su esqueleto únicamente eso, el sombrero fastuoso: ni cuerpo, ni ropa, ni bolsillo. La ocurrencia es demoledora. Debajo del sombrero caro no hay persona. Hay un cráneo. La muerte, con plumas.
La ocurrencia, en una frase: debajo del sombrero caro no hay persona. Hay un cráneo. La muerte, con plumas de avestruz — la moda exacta de la élite afrancesada del porfiriato —.
Y ojo, porque la sátira tiene capas, como todo buen chiste. La burla apunta a quienes imitaban sin llegar; pero también retrata una sociedad donde parecer era más urgente que ser. La estampa se vendía a un centavo a obreros y vendedores, que se reconocían al instante: ahí, en el cráneo con sombrero, estaban sus patrones, sus caciques y hasta el vecino engreído de turno. Como resume la Britannica, las calaveras de Posada retratan a gente de todas las clases y oficios, y el mensaje de fondo es de un igualitarismo feroz: la muerte llega por todos, digas lo que digas tu ropa.
Seguro que has oído la frase: «la muerte es democrática». Suele citarse como de Posada, y la realidad es que se le atribuye — encaja tan bien con su obra que casi es suya —. Pero guárdala un momento, porque antes conviene entender algo más grande: por qué un país entero aprendió a reírse de la muerte y a hacerle poemas a los vivos como si ya se hubieran muerto. Eso es lo que viene ahora.
— Frase que se atribuye a José Guadalupe Posada
¿Por qué los mexicanos se ríen de la muerte?
Porque esa risa es antiquísima, y conviene saberlo antes de juzgar a La Catrina. Las fiestas indígenas dedicadas a los muertos — el Día de Muertos actual, que se celebra del 1 al 2 de noviembre con la víspera del 31 — mezclan raíces mesoamericanas y católicas: ofrendas con flores de cempasúchil, alimentos, fotografías, visitas al panteón. La UNESCO lo dejó escrito al proclamarla el 7 de noviembre de 2003 Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad y al inscribirla en 2008 en su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. Es una fiesta donde el regreso transitorio de los difuntos se celebra. No se teme.
Y en esa fiesta el humor siempre tuvo asiento reservado. El antecedente más citado de las calaveras literarias — esos poemas en verso que «matan» en vida a gente muy viva — está en La Portentosa Vida de la Muerte, del fray Joaquín de Bolaños, publicada en 1792. Durante el siglo XIX los periódicos publicaron «panteones»: listas de epitafios inventados donde cada personaje famoso, por nombre y cargo, aparecía muerto y debidamente enjuiciado. Las primeras calaveras impresas se suelen citar en el periódico El Socialista, de Guadalajara, hacia 1879, y tampoco era juego inocente: burlarse de un gobernador costaba multas, cierres de imprenta y alguna que otra cárcel, así que casi todas salían sin firma.
A esa tradición literaria, la imprenta de Vanegas Arroyo le puso imagen. Y Posada le puso genio. Sus esqueletos bailan, montan a caballo, salen en procesión, se casan, tiran de la lengua del poder: son la sociedad entera con los huesos por fuera. Tras la Revolución, las calaveras llovieron sobre los famosos — hubo, con los años, calaveras para Diego Rivera, para los toreros, para los presidentes —. En los años cuarenta el Taller de Gráfica Popular las relanzó como género. Y hoy la enorme mayoría de calaveritas se escriben en las escuelas de México como tarea de español, ya no contra el gobernador sino contra la maestra. De la censura a la tarea escolar. Si eso no significa que la broma ganó la partida, que alguien me lo explique.
¿Murió Posada sin saber que había creado un icono?
Sí. Y esta parte duele un poco, así que la cuento despacio. Posada pasó la vida sin firmar su obra y sin ser reconocido: sus estampas se compraban por centavos, se leían, se pegaban en la pared y se despedían con la basura del lunes. Para eso eran: papel barato con dibujo incluido. El 20 de enero de 1913 murió en la pobreza, en Ciudad de México, y lo enterraron en una fosa común del Panteón de Dolores, sin tumba identificable. El hombre que dibujó la imagen de la muerte más famosa del planeta se fue de esta vida como las calaveras que dibujaba: anónimo, con todos los huesos.
Lo que Posada no pudo ver es lo que vino a los pocos meses. En octubre de 1913, ocho meses después de su muerte, la imprenta de Vanegas Arroyo estampó por primera vez el dibujo de la calavera con el sombrero de plumas, en una hoja volante titulada «Remate de calaveras alegres y sandungueras». El texto, como siempre, se burlaba de las garbanceras arregladas. Posada no escribió ni una línea de aquel texto; no hacía falta. La imagen ya trabajaba sola.
Y aquí viene lo fascinante para cualquiera que dude del poder de una buena imagen: el editor reutilizó el grabado una y otra vez, como se reutilizaban los clichés de zinc, cambiando el texto según la necesidad del día. El INAH ha identificado las reimpresiones: «Calavera fifí» en 1918, «El panteón de las pelonas» en 1924, «Calaveras de las cucarachas» hacia los años veinte — en la que el mismo cráneo se usa para burlarse de las soldaderas de la Revolución — y «Han salido por fin las calaveras», sin fecha. El dibujo era siempre el mismo. Cambiaban el título y la víctima. La calavera, eso sí, nunca pedía permiso ni cobraba derechos.
Los especialistas llevan años intentando poner orden en ese mar de reimpresiones y mitos. El historiador Agustín Sánchez González, que ha estudiado a Posada con lupa, lo resume así para el INAH:
— Agustín Sánchez González, historiador (INAH)
«Nadie la conocía con ese nombre». Exacto: por entonces, nadie decía Catrina. La calavera era una estampa más del montón — el historiador lo dice con humor: las calaveras del montón resultaron un montón de títulos para unas cuantas calaveras —. Faltaba alguien que la mirara con otros ojos y le pusiera el nombre definitivo. Y eso, querido lector, es asunto de muralistas.
¿Quién le puso el nombre «Catrina» y por qué?
La primera persona clave de esta parte no es mexicana: es Jean Charlot, un dibujante francés instalado en México. En los años veinte Charlot descubre la obra de Posada — aquel océano de estampas sin firma y sin honor — y se la presenta a los muralistas. Para la nueva generación de artistas el hallazgo es una mina: ahí había, décadas antes de la escuela mexicana de pintura, un arte popular con el pulso exacto de lo mexicano. Posada empezaba a resucitar.
El paso decisivo llega en 1930, cuando la escritora Frances Toor publica la Monografía de las obras de José Guadalupe Posada, grabador mexicano, con introducción de Diego Rivera. Y ahí, en la página 160, aparece por fin la imagen con el nombre que le daría fama mundial: Calavera catrina. ¿Por qué catrina? Porque catrín es, en México, el hombre elegante y bien vestido — lo dice la Real Academia Española, de hecho: «dicho de un hombre: elegante y bien vestido», uso marcado como mexicano —. Catrina es, pues, la elegante, la dama del sombrero y las plumas. La burla se había vuelto apellido.
El bautizo, en dos fechas: en 1930 la monografía de Frances Toor imprime por primera vez el nombre «Calavera catrina» (página 160), y en 1944 una exposición del Art Institute of Chicago la presenta al mundo: el gobierno mexicano eligió a la calavera elegante para la portada del catálogo y de todo el material promocional.
Con nombre propio llegó el estatus. En 1944, una exposición itinerante organizada por el Art Institute de Chicago llevó los grabados de Posada al público de Estados Unidos, y el gobierno mexicano eligió a la calavera elegante para la portada del catálogo y de todo el material promocional. Subraya el detalle, porque es delicioso: fue una exposición de Chicago la que la presentó al mundo como embajadora de México. Tres años después, el destino la pondría literalmente en el centro de la historia.
— Diego Rivera, citado por la Secretaría de Relaciones Exteriores
¿Qué hizo Diego Rivera con La Catrina?
Le hizo lo que ninguna otra calavera del montón consiguió: le pintó el cuerpo. Entre julio y septiembre de 1947, Diego Rivera — con la ayuda de las artistas Rina Lazo y Pedro A. Peñaloza — pintó el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, un panel de 15,6 metros de ancho que resumía cuatro siglos de historia mexicana de un tirón: conquistadores, virreyes, héroes, dictadores, soñadores y pueblo llano, todos paseando por el parque central de la capital.
¿Y quién queda en el centro exacto de aquel desfile? Adivina. La Catrina, ya de cuerpo entero: conserva el sombrero y la sonrisa de Posada, estrena vestido blanco con puños de encaje de aire europeo y luce una boa de plumas que, según los especialistas, evoca a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Con una mano se agarra del brazo de Posada, que aparece con traje y bombín; con la otra sostiene la mano de un Diego Rivera de nueve años. Detrás, Frida Kahlo. Todo México en una escena, con una calavera de sombrero grande haciendo de anfitriona.
Rivera convierte así la sátira en símbolo. Su Catrina ya no es la imitadora ridícula de 1913: es la figura que abraza las dos raíces del país — la europea y la indígena — y que mira a la muerte cara a cara, sonriendo. En pleno auge del indigenismo posrevolucionario, esa lectura caló hondo en escuelas, museos y conciencia colectiva. La calavera burlada se había vuelto espejo nacional.
El mural, por cierto, tiene su propia novela de supervivencia: se pintó para el Hotel del Prado, sufrió daños tras el terremoto de 1985, fue restaurado con mimo y hoy se contempla en un museo construido para él, el Museo Mural Diego Rivera, junto a la propia Alameda. Si vas a Ciudad de México, es parada obligada: la Catrina de cuerpo entero sigue dándole la mano a Posada, casi ocho décadas después.
¿Por qué la gente se disfraza de Catrina?
Empiezo por lo contraintuitivo, porque de esto también circulan mitos: disfrazarse de Catrina es, en rigor, una tradición joven. El maquillaje de calavera elegante, los desfiles y los concursos se popularizaron a finales del siglo XX y sobre todo en las últimas décadas, en México y en Estados Unidos; así lo estudia el profesor Mathew Sandoval, de la Arizona State University, en su análisis sobre La Catrina publicado en The Conversation y reproducido por PBS. La idea de que «siempre se hizo» es otra de las historias falsas que conviene dejar en paz.
Pero joven no significa vacía. Cuando alguien se pinta el rostro de calavera elegante y se pone sombrero de plumas está contando, sin decir palabra, la historia entera: que la muerte iguala a todos — debajo del sombrero, solo huesos —, que el humor es una manera de cariño hacia los difuntos y que el orgullo mexicano incluye esa raíz indígena que la Catrina, en su origen, negaba. Disfrazarse de ella es, al mismo tiempo, reírse y reconciliarse. Pocas máscaras del mundo llevan dentro tanta biografía.
El resultado se ve a simple vista cada temporada. En el Zócalo de la capital, cientos de catrinas maquilladas posan con turistas durante semanas — se ha convertido, literalmente, en un oficio —. En 2014 hubo un primer Gran Desfile de Catrinas civil, con unos 1.600 participantes. Y el 29 de octubre de 2016 la ciudad estrenó su desfile oficial de Día de Muertos, con una peculiaridad histórica: se inspiró en la escena inicial de la película de James Bond Spectre (2015), rodada precisamente en México. Un desfile que nació de una película de espías y que hoy es, nadie lo discute ya, tradición capitalina con millones de miradas encima.
¿Cuál es el impacto de La Catrina hoy?
Ya lo ves venir, pero conviene decirlo con datos. La Catrina de hoy es la imagen central de una festividad reconocida por la UNESCO desde 2003 e inscrita en 2008, presente en ofrendas de todo México y de las comunidades mexicanas del mundo. Es una estrella de cine: Coco (2017) llevó su iconografía a cientos de millones de pantallas, fue un éxito global y ganó dos premios Óscar, incluida la canción Remember Me. Es, cada fin de octubre, el motivo del Festival Cultural de Calaveras de Aguascalientes, la ciudad natal de su creador. Y es rostro de las figuras monumentales que presiden la ofrenda del Zócalo capitalino — la de 2026, de 32 metros, aspira incluso a récord Guinness —.
Añade la academia: museos como The Metropolitan Museum of Art o la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos conservan estampas de Posada y hojas de Vanegas Arroyo en sus colecciones; la propia Britannica la describe como símbolo nacional de la identidad mexicana. La estampa que se vendía a un centavo y acababa en la basura del lunes se cotiza hoy en las mejores colecciones del mundo. Si buscas la metáfora perfecta de lo que ocurre cuando alguien mira con respeto el arte popular, aquí la tienes, encuadrada.
Y el cierre, si me permites, es casi poético sin serlo nada: la figura que se inventó para burlarse de las que negaban sus raíces es hoy, precisamente, el orgullo de esas raíces. La burla se convirtió en abrazo. Cada vez que alguien se pinta la cara de Catrina este 1 y 2 de noviembre, Posada gana la partida que perdió en vida: sigue vivo, sonriendo con los dientes de su calavera, en el centro exacto de la fiesta. No está mal para un dibujo que costaba un centavo, ¿no crees?
Línea de tiempo: de La Portentosa Vida de la Muerte a la Catrina récord
Si tienes que quedarte con una sola parte de este artículo, que sea esta. La línea de tiempo condensa los hitos verificados de más de dos siglos: el humor literario que preparó el terreno, el grabador que dibujó la burla sin saber que era un símbolo, la muerte que lo llevó por delante antes de la primera estampación, los muralistas que la bautizaron y la fiesta global que hoy la hace inconfundible.
Preguntas frecuentes sobre La Catrina y el Día de Muertos
Estas son las dudas más comunes sobre La Catrina, respondidas de forma directa y con base en las fuentes citadas al final. Toca cada pregunta para desplegar la respuesta.
El grabador mexicano José Guadalupe Posada (Aguascalientes, 1852 - Ciudad de México, 1913), artista de la prensa popular que trabajaba para el editor Antonio Vanegas Arroyo. Dibujó la calavera garbancera hacia 1910-1912 en una vivienda de Tepito y la estampa se imprimió por primera vez en octubre de 1913, meses después de su muerte, según el INAH. Diego Rivera le dio cuerpo en 1947 y el nombre «Catrina» apareció en la monografía de 1930.
«Garbancera» designaba a las mujeres que vendían garbanzo en los mercados de la Ciudad de México. El término se aplicó a la gente que, teniendo sangre indígena, presumía de ser europea y renegaba de su herencia y cultura, vestida a la moda francesa del porfiriato. El sombrero de plumas de avestruz de la calavera es la marca de esa imitación: debajo del sombrero caro, solo un cráneo.
No fue Posada, que nunca tituló sus obras: los editores ponían los nombres. «Calavera catrina» apareció en 1930, en la página 160 de la monografía de las obras de Posada publicada por Frances Toor con introducción de Diego Rivera. «Catrina» es el femenino de «catrín», que en México significa hombre elegante y bien vestido.
No. Es un grabado satírico del siglo XX, obra de un dibujante de prensa popular. La asociación popular con Mictecacíhuatl, la señora del Mictlán, es una lectura simbólica moderna, no un origen documentado. El vínculo histórico comprobado es doble: con la prensa satírica decimonónica (las calaveras literarias y las estampas de Posada) y con el Día de Muertos, festividad indígena dedicada a los muertos reconocida por la UNESCO en 2003 e inscrita en 2008.
Es una tradición relativamente reciente, popularizada en las últimas décadas: desfiles, concursos y maquillaje de calavera elegante. Quien se disfraza de Catrina celebra tres ideas: la muerte iguala a todos, el humor es una forma de honrar a los difuntos y la identidad mexicana abraza sus raíces indígenas. Cada temporada, cientos de catrinas posan con turistas en el Zócalo de Ciudad de México.
De una película de espías. El desfile oficial se estrenó el 29 de octubre de 2016 inspirado en la escena inicial de Spectre (2015), de James Bond, rodada en la capital mexicana. Antes hubo en 2014 un Gran Desfile de Catrinas civil con unos 1.600 participantes. Hoy el desfile es una de las citas anuales más multitudinarias de la ciudad.





